Ricardo Castro: “Demostremos quiénes somos más allá de la nacionalidad”

Ser médico en Venezuela y hacer un postgrado en España son las dos próximas escalas en la ruta que, como emigrante, ha emprendido Ricardo Castro. El doctor, de 26 años de edad, egresado de la Universidad Central de Venezuela en 2017, obtuvo la segunda mejor calificación en el Examen Nacional de Medicina (Enam), requisito obligatorio para ejercer la profesión en el sistema de salud pública de Perú, cuyos resultados fueron publicados el pasado 26 de agosto

“No sé cómo te graduaste de médico si ni siquiera sabes barrer”; la frase resume uno de los obstáculos por los que Ricardo Castro, médico venezolano de 26 años de edad, tuvo que pasar para lograr su meta en Perú. Castro, egresado de la Escuela de Medicina Dr. Luis Razetti de la Universidad Central de Venezuela (UCV) en 2017, obtuvo la segunda mejor puntuación en el Examen Nacional de Medicina (Enam) de la Asociación Peruana de Facultades de Medicina, requerimiento legal obligatorio para ejercer la profesión en el sistema de salud público del país andino.

Como migrante, Castro debió enfrentarse a problemas que son comunes para la mayoría de los más de 4 millones de venezolanos que, de acuerdo con proyecciones recientes de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, han abandonado el país en los últimos años como consecuencia de la crisis económica, política y social.

Antes de alcanzar el logro, que le aseguró avanzar en su formación profesional, el médico caraqueño fue niñero, pasillero, vendió pulseras en la calle y fue ayudante en una pastelería. Fue allí donde, por no tener mayor experiencia en labores de aseo, la dueña del local de nacionalidad peruana cuestionó su capacidad.

Desde entonces, el reto dejó de ser individual. Como constató el pasado 25 de agosto, cuando aplicó para el Enam. En el salón donde presentó la prueba habían 25 aspirantes, de los cuales 24 eran venezolanos. Aunque Castro afirma que gran parte de los peruanos han sido hospitalarios y receptivos, desde que decidió emigrar supo que la nacionalidad sería un factor a vencer. El aprendizaje a casi año y medio de su partida cambió su vida.


La gran lección de todo este tiempo ha sido aprender a ser optimista. Antes de saber el resultado de la prueba era más pesimista.

Ricardo Castro, médico venezolano


“La gran lección de todo este tiempo ha sido aprender a ser optimista. Antes de saber el resultado de la prueba era más pesimista. Me había esforzado, en los meses previos solo vivía para trabajar y estudiar, pero nunca esperé quedar en tan buena posición. Ahora sé que la perseverancia tiene su recompensa y como venezolano estoy convencido de que no hay límites. No dejemos que nada nos defina. Demostremos quiénes somos más allá de la nacionalidad”, reflexiona mientras trata de repasar cronológicamente cada episodio vivido hasta llegar al pasado 26 de agosto, fecha en la que vio su nombre en el segundo lugar de un listado de casi 800 aspirantes a ocupar un cargo en la red hospitalaria peruana.

La razón de perseverar

El éxito instantáneo ha sido esquivo en la trayectoria de Castro. En el recuento de su vida mantiene presente que siempre quiso ser médico. “Nunca vi otra opción, ni me imaginé siendo otra cosa”, recalca, antes de añadir que dos de sus tías más cercanas son médicos. Pero su ingreso a la UCV no fue sencillo. Graduado de bachiller en julio de 2010, quedó en la posición 207 en la lista de potenciales inscritos, cuando los cupos ofertados por la casa de estudio en esa oportunidad era de 200 vacantes.

Al año siguiente fue doblemente seleccionado. Optó por el sistema de admisión mediante prueba interna y por el Consejo Nacional de Universidades (CNU), en los resultados publicados con unas semanas de diferencia se ubicó de segundo entre los cerca de 5.000 bachilleres que esperaban ingresar.


En realidad fueron muchas cosas las que influyeron para que tomara la decisión de emigrar, pero principalmente estaba el miedo

Ricardo Castro, médico venezolano


Pasó dos de los seis años que estuvo como estudiante entre gases lacrimógenos y ráfagas de perdigones arrojados durante las protestas antigubernamentales de 2014 y 2017. En varias ocasiones le tocó atender a heridos por la cruenta represión perpetrada por funcionarios de organismos de seguridad del Estado. Casi todos los pacientes eran estudiantes como él.

La experiencia fue otro hito en su vida y quizás la principal motivación que lo llevó a planificar, con un año de antelación, su salida del país. No ejerció ni un mes de su carrera como egresado; en cambio, a los días de concluir su acto de grado se subió a un autobús con rumbo a Perú. El trayecto de más de cuatro días por la cordillera andina sirvió para ayudarlo a ratificar su decisión. El miedo que lo impulsó a abandonar a sus padres, hermanas y amigos se disipó a medida que cruzaba cada frontera. Sin embargo, una frustración se le quedó en el camino: nunca pudo ser médico en su tierra.

“En realidad fueron muchas cosas las que influyeron para que tomara la decisión de emigrar, pero principalmente estaba el miedo. Miedo a que me pasara algo. El último año de carrera lo culminé en medio de las protestas del año 2017, entre abril y julio; ver cómo mataban a tantos venezolanos a diario solo por exigir derechos, además de la inseguridad, me impulsaron a salir del país”, argumenta como quien trata de convencerse de que tomó la decisión correcta.

Si el cielo te manda limas…

La grave crisis hospitalaria y sanitaria devenida en emergencia humanitaria compleja, que afecta al sector salud en Venezuela desde mediados de 2016, fue otra pared contra la que se estrelló. Del golpe le quedó otro estímulo para aumentar la creciente cifra de médicos recién graduados que salen de las aulas rumbo a la frontera sur, como los más de 300 médicos que laboran actualmente en Argentina y los más de 3.000 que han optado por un cargo en Chile, de acuerdo con el registro de los gobiernos de ambas naciones.


Creo que si me quedaba allá no iba a progresar, con lo que viví en mi formación me fue suficiente

Ricardo Castro, médico venezolano


“No tenía muchos alicientes en cuanto a mi desarrollo como profesional si me quedaba en Venezuela. Sentía que no había muchas oportunidades después de graduado. Me gustaría algún día ejercer en Venezuela, pero me fijé una meta y creo que si me quedaba allá no iba a progresar, con lo que viví en mi formación me fue suficiente. La falta de insumos, de recursos de todo tipo no me aseguraba el nivel de educación al que aspiro”, rememora.

A la capital peruana arribó en abril de 2018. Recibido por una amiga, a la que no veía desde hacía 15 años y quien le dio hospedaje, empezó de inmediato los trámites para conseguir la reválida de su título, aún sin estrenar formalmente. El proceso consistió en realizar una prueba que pasó sin problemas en julio de ese mismo año. En los cuatro meses sin ejercer como médico, fue un emigrante venezolano de tiempo completo, con todo lo que eso significa en algunos países. Un postgrado en humanidad que no estaba en sus planes.

“Logré colegiarme a los cuatro meses de mi llegada y en paralelo regularicé mi condición migratoria. Empecé a ejercer mi profesión en una clínica de Lima en agosto de 2018, y a partir de ahí me han surgido muchas ofertas de trabajo. Pero esos meses, antes de obtener el permiso, fueron duros. Trabajé como ayudante en una pastelería, pero solo duré un mes, me botaron. Un día la dueña me veía limpiar desde lejos; al rato se paró frente a mí, me quitó el cepillo y me dijo ‘no sé cómo te graduaste de médico si ni siquiera sabes barrer’. También trabajé en un supermercado, arreglando los productos en la estantería, cuidé a un niño de una pareja de venezolanos y hasta vendí pulseras en la calle”, enumera como quien recita las materias que integran el pensum de una especialización.

La mejor formación del mundo 

Castro atribuye la tenacidad demostrada en los últimos 16 meses, además de las lecciones recibidas en el Colegio Bolívar y Garibaldi de La Urbina, donde hizo su bachillerato y en la UCV, a los principios y la crianza con la que fue forjado en su hogar. Sus padres y dos hermanas aún están en Venezuela. Una se acaba de graduar de psicóloga en la Universidad Metropolitana y la menor se convirtió el pasado mes de julio en bachiller. En su recuerdo, la gratitud y la nostalgia se mezclan, cuando revela que lo más duro que ha vivido no ha sido la xenofobia o la cantidad de horas de preparación en exámenes para demostrar que, efectivamente, sí está facultado para ser médico, sino la soledad.

“Lo más duro es estar solo, aunque aquí en Perú la mayoría de las personas me ha tratado muy bien, extraño a mis padres, mis familiares y amigos, sin los que irónicamente no estuviese aquí. Sin ellos no hubiese podido salir. Mi mamá, Karen Lara; mi papá, José Ramón Guiñán; mis hermanas Valeria y Gabriela; mis tías Aida y Hecna y mi amigo Juan José de la Rosa y su mamá, Ana María”, expresa casi en forma de dictado.

En una mención aparte se refiere a sus estudios en la UCV que, destaca, es “la mejor del mundo”. La afirmación la sostiene desde la distancia y con la seguridad que le da el desempeño profesional en dos naciones distintas.

“La formación de médicos en Venezuela es la mejor del mundo, y esto lo digo sin ánimos de sonar soberbio o que me tilden de nacionalista. Durante toda mi carrera, pese a todas las carencias, paros y problemas que enfrentábamos todos los días, recibí la capacitación de la que aún hoy me enorgullezco”, añade en tono altivo y de satisfacción.


Durante toda mi carrera, pese a todas las carencias, paros y problemas que enfrentábamos todos los días, recibí la capacitación de la que aún hoy me enorgullezco

Ricardo Castro, médico venezolano


Con toda la nostalgia a sus espaldas, regresar no está en sus planes inmediatos. Actualmente está centrado en comenzar el curso rural pautado para mediados de octubre en Arequipa, región peruana, para luego volver a emigrar, está vez a España, donde sueña con realizar una especialización en cirugía plástica o otorrinolaringología. Sabe que el camino del migrante no es fácil, pero hace rato que le perdió el miedo a barrer.

Fuente: El Pitazo

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