Migrar o morir: los venezolanos con VIH que llegan a Perú

Hay migrantes forzados a salir de su país tras meses sin tratamiento. Perú es uno de los destinos

La noticia le cayó como un baldazo de agua. Clara tenía 20 años, una hija de 10 meses y un esposo que acababa de fallecer. Era enero de 1994. La patóloga forense que hacía la autopsia le recriminaba: ¡cómo no le había advertido que el hombre tenía VIH, podía haberse infectado al tocar el cadáver! Clara escuchó incrédula y trató de convencerla de que había un error. Él no tenía eso, él había muerto de leucemia.

Pero no era leucemia. Su esposo le había mentido. Primero le dijo que tenía plomo en los pulmones por trabajar como carpintero naval. Entonces fue a su natal España un tiempo. Se fue enfermo y delgado y regresó a Venezuela aparentemente recuperado. Pero en diciembre de 1993 recayó de nuevo y no llegó a fin de año. El médico que lo trataba le confirmó después a Clara el verdadero diagnóstico y hasta ensayó una explicación: su esposo estaba esperando el momento adecuado para contarle.

Una prueba confirmó que ella también había adquirido el virus del VIH. “Fue fatal. Hace 20 años no había tratamiento. Y cuando aparecieron, los medicamentos eran caros. Yo me paseaba por todas las ONG y me daban cinco por aquí, diez por allá. Completaba 30 en Caracas para un mes de tratamiento y me iba a mi pueblo”, recuerda Clara.
Luego la situación mejoró y el tratamiento para el VIH se convirtió en algo regular y parte indispensable de su vida. Clara se casó de nuevo con un hombre al que no le importó la enfermedad. Tuvo otra hija (no planeada) que, agradece a Dios, no adquirió el virus y que, a pesar que hoy tiene 18 años, no sabe para qué son las pastillas que toma mamá.
Y es que la enfermedad se mantiene bajo control mientras se tomen los medicamentos.
Cuando ello no ocurre, es como una sentencia de muerte a mediano o corto plazo. La crisis que atraviesa Venezuela tuvo a Clara más de un año sin el tratamiento y fue como volver al punto cero. Comenzó a bajar de peso, a enfermar. Nuevamente había que ingeniárselas, a buscar contactos, donaciones. Retrocedió. Cuando su hija mayor tuvo una bebé, Clara tuvo pánico de perder a la familia que ama tanto.
Entonces decidió que debía migrar.

Asunto de salida o muerte 

En Venezuela las pruebas para diagnosticar el VIH cuestan entre 30 y 60 salarios mínimos y no siempre hay reactivos en los laboratorios privados, mientras que en el sistema público sencillamente no hay pruebas. Así lo explica a la Agencia Andina Natasha Saturno, coordinadora de la Unidad de Exigibilidad de Derechos de la ONG venezolana Acción Solidaria.
La situación es similar para el tratamiento de antirretrovirales. “Desde el 2009 hay fallas más o menos importantes, pero desde el 2017 empiezan fallas de cinco, seis meses sin tratamiento, y en el 2018 se vuelve más grave. Nosotros reportamos casos de personas con uno y hasta dos años sin recibir el tratamiento”, advierte.
Como lo ha advertido la Organización Mundial de la Salud (OMS), el tratamiento contra el VIH debe ser suministrado de forma eficiente pues las interrupciones en su consumo conducen a la aparición de nuevas cepas farmacorresistentes.
Solo en los primeros 4 meses del 2018 fallecieron 3 mil venezolanos con VIH, según la organización venezolana Red Gente Positiva. En comparación con periodos anteriores, la tasa de muertes aumentó entonces de 8-9 a 24-25 por día. Comenzaron así las protestas frente a hospitales públicos y frente al Ministerio de Salud de ese país, como la desarrollada el 18 de abril del 2018 en la Plaza Caracas.
El reclamo hizo eco en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que, en octubre pasado, solicitó al Estado venezolano adoptar las medidas que posibiliten el acceso a un tratamiento adecuado a 43 personas con VIH/Sida en situación de gravedad y urgencia. Las medidas cautelares establecidas entonces aún no han sido cumplidas.

Ayuda, no solución 

A pocas manzanas del puente internacional de Tienditas, que separa Venezuela de Colombia y donde se desarrolló el “Venezuela Aid Live”, en el lado colombiano de Los Caobos, en Cúcuta, la Fundación AHF ha instalado una clínica para diagnóstico y atención de personas inmigrantes con VIH.
“Es lo más cerca que hemos logrado estar de Venezuela. Hemos tratado varias veces de entrar o llevar ayuda humanitaria. Ha sido imposible”, cuenta José Sebastián Mesones, gerente regional para la región andina de la fundación presente en 43 países del mundo. AHF es una de las tantas organizaciones de la sociedad civil que busca ayudar a las personas con VIH, o que buscan el diagnóstico.
Fuente: Agencia Andina

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